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Cuando yo tenía unos veinte años, me lié con una mujer preciosa que si mal no recuerdo andaba por sus cincuenta. Generosas curvas, ancha sonrisa. Ella, con muchas cosas aprendidas; yo, un tío con el ímpetu de mi edad. Por entonces, yo escribía -creo que no he dejado de hacerlo nunca- y en mis ratos ociosos le obsequiaba con textos inflamados, demostrando mi locura de amor. Una de esas tardes calurosas de sol mordiendo el horizonte, bajo la cortina del zizagueante sonido del ventilador, ella me dijo: -esto no puede ser así, no puede ser que tan temprano tengas estos sentimientos- había cierta molestia decadente en su voz gruesa de cantante de jazz- y, aunque los tuvieras. Si los tienes, ocúltalos-. Desde entonces, es así como me manejo con cada una de las cientos de mujeres que me he cruzado después.

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