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Esta es la fábula de un botánico a quien conocí hace ya algún tiempo.

Lo ves siempre trabajando en su invernadero, afanoso. Conoce la naturaleza de cada una de las flores, que atiende según sus demandas: que si quiero sombra en los meses de verano, o un baño de la luz que cae oblicua en el mes de diciembre.

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Las riega, las nutre, atento siempre a los cambios de sus estaciones. Admira sus delicados pétalos y la fortaleza de su naturaleza salvaje. Le embelesa la sencilla contemplación del jardín en sus horas sosegadas, y el éxtasis fértil de la llegada de la primavera, el simple hecho de verlas crecer.

Aprende de la fragilidad de su naturaleza, las estudia, metiendo la nariz en gruesos libros llenos de prosa. Paciencia es una palabra que conoce a la perfección y, aunque a veces le fustren los resultados, no ceja en el empeño de poseer el más bello de los jardines. Porque sabe que sabiduría y belleza van de la mano.

Aunque vamos a contarlo todo, entre todas esas flores, a las que ama y admira por sus particularidades, hay una escogida: la que es para él la más bella flor. Al fin y al cabo, el ser humano tiene sus debilidades, de las cuales el botánico no queda exento. Y es esta particular muestra de humanidad lo que me hace ponerlo en el haber de mi libro de cuentas. El de las perdidas y las ganancias.

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