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Año Nuevo 2016
No se separaba nunca de ella, la llevaba en su bolsillo y, de vez en cuando, la sacaba y la observaba, la miraba con ternura.

Muchas veces se encontraba con la mano dentro del bolsillo, jugueteando con ella, inconscientemente.

Toda su vida, desde que él tenía constancia de ello, había llevado una cajita de cerillas encima. Al anochecer, la depositaba con mimo, casi con veneración, con sumo cuidado, en la esquina de su mesita, en la más cercana a su cabeza; y muchas noches se dormía mirándola.

Era casi un rito diario, aunque algunos días, se contenía de hacerlo para preservar el contenido. Esa mañana, le apetecía disfrutar de ese momento especial, así que, en un movimiento rápido, como si temiese arrepentirse de ello y no llegar a hacerlo, metió la mano en su bolsillo extrayendo el tesoro que contenía…

Miró la caja de cerillas, amaba todas y cada una de esas pequeñas cerillas; cogió una y la rozó contra la lija al costado de su caja; observó como ardía, embelesado por su color, su calidez y su fragancia… después, sopló y arrojó a sus pies la cerilla medio carbonizada, arrugada…

Miró dentro de la caja, amaba esas cerillas, Pero lo que realmente amaba, era hacerlas prender…

Ahora venía el momento de arrepentimiento, de lástima por esa cerilla que ya no será nunca más perfecta, que ya no ama; y pensar en que algún día terminará por hacer lo mismo con todas y cada una de esas pequeñas cerillas que él cree amar ¿y luego qué?… Luego, seguramente, sustituirá esa caja por otra, aún quedan muchas cajas donde adquirió esta última; en realidad, hace tiempo que perdió la cuenta del número de cajas que ha llegado a pasar por su bolsillo, del número de pequeñas cerillas que ha amado…

(El texto no es de autoría propia, sino de una persona que tengo en alta estima y que me ha dado permiso para traerlo aquí.)

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