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“Si hablas a un hombre en una lengua que entiende, eso llega a su cabeza.
Si le hablas en su idioma, le llega al corazón.”

Nelson Mandela

Desde la primera vez que volví de Inglaterra -he reiterado mi mala costumbre de intentar vivir allí- siempre me molestó la crítica gratuita hacia la forma de ser del pueblo anglosajón.

Cuando llegué a las islas -justito sabía decir yes– a pesar de las barreras idiomáticas, siempre me sentí bien recibida. En el trascurso de los meses, asimilé su lengua de una manera natural, y creo que en cierta manera me empapé también de su pensamiento y por extensión de su estilo de vida, hasta hacerlo un poco mío.

Tengo la certeza de que la lengua configura la forma de pensar de los pueblos, su forma de relacionarse, de sentir. Y que es su propia idiosincrasia la que configura la lengua. La pescadilla que se muerde la cola.

Después hay otro lenguaje que no tiene que ver tanto con el idioma, sino con la manera de comunicarse. Transformamos nuestra forma de hablar cuando no dirigimos a un niño, al jefe o a la vecina. A veces, aun hablando el mismo idioma, encontramos dificultades en hacernos entender, y aunque nos acercamos a la otra persona con la mejor voluntad, un tono de voz o una actitud puede ser considerado una agresión por parte del interlocutor. Y aunque te esté entendiendo lo que quieres decir, el mensaje no le llega.

Y de pronto, en forma de epifanía, entiendes que sólo tienes que dirigirte hacia esa persona en “su idioma”. Entonces, en ese preciso instante, las barreras se desploman. Y lo que le dices le llega al corazón.

Y de pronto, te sientes, como pez en aguas conocidas.

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