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examen_escuelaTengo una gran amiga que tiene la extraña habilidad de regalarme los objetos más inusuales. Creo no equivocarme cuando digo que, todos cuantos tenemos el gran honor de tenerla como compañera de viaje, compartirán ésta opinión conmigo. Ella misma posee cualidades extravagantes, así que todo lo que viene de ella y de su generosidad tiene el aura de lo insólito.

Esos objetos a veces se tornan inusuales no por sus características físicas -me viene ahora mismo a la mente ese objeto doméstico de lo más corriente que reposa en la encimera de mi cocina- sino que, por cumplir la materialización de un deseo, se convierte inmediatamente en un acontecimiento anodino.

He de confesar que objetos que pensé inútiles en el presente que fueron regalados, han resultado ser una premonición de lo que estaba por venir, encontrando el momento y lugar perfecto para ejercer la función para los que fueron imaginados. Pensando ahora en un collar – ¡vaya empeño en regalarme collares cuando jamás me vio con uno!- que después usado con un elegante vestido negro, lograba darle un aire salvaje muy buscado en un momento de mi vida muy concreto.

En otras ocasiones, son de esa clase de regalos que, sin valor monetario, te llenan el corazón y algún rincón de cada casa a donde me he mudado. Y esta cualidad de ella -que no tengo la menor duda es percibida por quienes tienen la fortuna de pertenecer a su círculo vital- ésta en concreto que habita en ella entre otras muchas características menos anodinas unas, extraordinarias otras, hacen que forme parte de mi vida a través de los objetos. Objetos que atesoro cerca del hueco donde respiramos.

Cierto día de hace no ya tan pocos años, dejó de haber una sola remitente, y hasta el presente, en unicidad, duplicidad y complicidad, sigo -seguimos- recibiendo con los brazos y las manos abiertas esos objetos que disturban nuestras rutinas y ponen una sonrisa en nuestros rostros y alegría en nuestros poros. Dos remitentes, que más que sumar multiplican, complementan. Siempre con el espíritu de esta gran amiga que un día me encontré mirando un cuadro y que desde entonces me acompaña.

Ella fue quien también me acompañó, como a una niña, a las puertas de la Escuela de Arte. No en sentido literal, claro, sino sembrando en mí la semilla de la CONFIANZA. Así que, no puedo ni quiero más que dar un simple y llano GRACIAS.

Uno de esos regalos a los que me refiero:
La pequeña historia de la planta mariposa

Algunos trabajos de la Escuela de Arte:
Proyectos

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