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rostros_silenciadosA veces las personas nos hacemos daño. A veces no generamos la atmósfera necesaria para que exista la comunicación y en consecuencia se producen los malentendidos, o no decimos todo lo que quisiéramos decir, o no de la forma adecuada, o la convesación se termina mucho antes de lo imprescindible. Adolecemos de comunicación real, de esa que te mantiene largas horas escuchando una voz, mirando unos ojos, tocando una piel.

Sistemáticamente nos llega por diversas vías la verificación de que las tecnologías, muy lejos de haber mejorado la comunicación, nos han convertido en pequeñas islas cuyo código lengüístico adolece de las garantías necesarias para que el mensaje, ya de origen incompleto, sea recibido en su total y absoluta completud.

La distorsión de nuestra realidad como seres humanos sociales es tal, que hemos asimilado como natural que mandarnos mensajes vía whatsapp -imposible no hablar de esta “herramienta” que ha sustituido a todo los demás sistemas- es comunicarse, y se producen los malentendidos, las interpretaciones erróneas… pero sobre todo una carencia en nuestro lenguaje expresivo que degrada nuestra capacidad de poner palabras a nuestros pensamientos, situaciones emocionales, querencias, necesidades,

anhelos…

Todo un despropósito.

En cada uno -y en cada una- está el poder de solventarlo, o al menos la capacidad de intentarlo. A veces simplemente te das por vencida, sin llegar a adivinar si fue demasiado temprano.

Envidia. Envidia pura es la que siento por aquellas personas que han sido capaces de desvincularse de esta ola tecnológica que nos arrastra hacia la sinrazón y nos convierte en máquinas deshumanizadas de producción-consumo… Aunque este es ya otro tema.

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