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“Cuatrocientos peldaños era la distancia que había desde la puerta de su casa hasta la biblioteca. Un día los subió y ya no regresó jamás. Que no deseaba poseer un libro, sino todos.”

Después de vivir en el extrarradio y sentirme expatriada, la vuelta a la ciudad llamada A, al barrio, me trae también de regreso a la biblioteca desde la que hoy escribo. Un espacio que habito y que me habita, espacio donde se gestaron mis primeros poemas de mi vida adulta.

Pienso en peldaños, los que hay entre el tercer piso y este barrio que llena de algarabía mi habitación por las mañanas y alguna noche en la que el sueño no quiere venir. En peldaños ficticios, que son los que me separan de la pereza a la disciplina que escribir requiere. Miro hacia arriba y pongo el pie en el primero, y después en el segundo, el tercero… No vaya a ser que se rompa el silencio y con él la magia. La magia de escribir.

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