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pm
Al regresar de B, me instalé en el sillón de casa de mis padres como una planta-mariposa a la que cuidar, alimentar, regar… prestar atención, en definitiva. Las primeras semanas no se me ocurría nada mejor que hacer que hibernar esperando la llegada de los meses templados. La savia roja fluía, ralentizada en un invierno de hielos aparentemente perpetuo.

Casi tres años después, la planta es simplemente mariposa y el hilo que le une a la tierra no puede más que romperse para nuevamente echar a volar hacia otras penínsulas, con el otoño.

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