Empezar el año en soledad consciente

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Primera mañana del año y en realidad el comienzo de un domingo cualquiera.

Algo más de un año es lo que llevo viviendo en esta casa que cumple casi tantos años como los míos, una casa de ventanas que no terminan de encajar en su estructura de madera; de radiadores que, honestamente, no parecen dispuestos a terminar de funcionar, o no todos.

Un año entre estas paredes que ya he hecho un poco mías, apoderándome de cada espacio a ritmo de Casa tomada. Escribo desde la habitación que ¡por fin! conforma mi estudio -¡gracias Su!- en calcetines calientes y forro polar sobre el pijama de invierno. En la calle el frío persevera.

Este piso que un día albergó una familia de cuatro miembros, se me antoja suficiente para mí sola: un estudio, una habitación de invitados, -absolutamente necesaria- y la mía propia. Con dos hermanos y dos hermanas en mi currículum familiar, casi siempre he vivido en pisos de más de 90m2 y lo pequeño sencillamente no me acomoda (mi mejor experiencia habitacional fue aquella en la que teníamos un piano y chimenea en la cocina).

Conozco a alguien, a quien tengo en alta estima, que cada treinta y uno de diciembre y después de alguna visita de cortesía a hogares ajenos, elige cenar solo en su casa; y cada uno de enero se marcha al monte en la misma completa soledad. Nunca le entendí, o no quise entenderle, hasta esta realización propia y consciente del ejercicio de la soledad.

Ahora se me antoja extraño el haber pasado la noche de Fin de Año y la posterior mañana de Año Nuevo en mi simple compañía. Con un poco de esfuerzo, seguramente anoche hubiese encontrado con quien compartir las primeras horas de este año, además de con mi familia, claro -esa familia que lo mismo da si vas o si vuelves, siempre encuentras la puerta abierta y el plato en la mesa. Alguna llamada telefónica, y seguramente hubiese visto amanecer el día en otro sitio que no fuera arrebujada debajo de mi edredón.

La soledad tiene muy pocos amigos en una sociedad de perenne y permanente abundancia. Aparente, abundancia. Esa soledad que siendo femenina nos hemos empañado en calificar de mala compañera.

Estar ahora a solas me gratifica, me deja espacio para poner orden en todos los acontecimientos del año pasado, que fueron muchos. Y si echo un vistazo al año que ya hemos dejado a nuestras espaldas, no hago más que cerciorarme que no solo tengo el privilegio de tener amistades que conservo desde adolescente, un puñado más que se han ido incorporando según cumplía años, sino que también constato que he estrechado lazos con diversas mujeres -Yolanda, Leire, Esther, Irene. Estas congéneres mías que de alguna manera, y ahora generalizando, siempre he sentido como competencia en lugar de compañeras -esto da para otra entrada de blog.

Dos mil dieciséis como el año de las alianzas.

Dos mil diecisiete como el año del nosotrxs.