Feminismos mainstream

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Ayer lunes uno de julio asistía al acto-homenaje a una mujer asesinada, asesinada por un hombre que cometió un feminicidio. Notas:

Virginie Despentes en Teoría King Kong, nos muestra su rechazo rotundo a ser nombrada como víctima. Hoy, el cuerpo me dice de dónde nace ese asco, que intuyo tiene que ver con poner a las mujeres en el contexto de una individualidad débil, frágil, y necesitada de una protección que emana de lo masculino, y/o desde la institución. En este marco, si desde el feminismo nos autonombramos como víctimas, no podemos reclamar que no se nos re-presente en esta “feminidad” impuesta desde la masculinidad hegemónica.

En la cara opuesta de la misma moneda, Maitena Monroy mantiene que las mujeres tenemos que ser reconocidas como víctimas, para poder reclamar verdad, justicia y reparación. Se da el paradigma de que, en los casos de violencia sexista y en el ámbito judicial, la mujer violentada es tratada como victimaria, y el/los violentadores como víctimas. Una realidad oscuramente cotidiana sobre la que los sucesos de Sanfermines de 2016, en los que una mujer fue violada reiteradamente por cinco “hijos sanos del patriarcado”, hizo que pusiéramos el foco, e ilumináramos alguna de sus sombras. Haciendo mío también el argumento de Maitena, ¿podemos entonces hablar de Víctimas en un sentido universal?

Tengo una pregunta que hacer a mis compañeras feministas. Cada vez que pensamos en Violencia de Género, ¿por qué sólo la representamos con ejemplos de maltrato? No podemos reclamar a las derechas que salgan de su discurso antiguo, si desde el feminismo seguimos poniendo encima del escenario -literal y únicamente- violencias que llevan decenas de años identificadas, y casi los mismos años reconocidas como tales por la ciudadanía y por los estamentos. Como si sólo existiera una forma de ejercer violencia. De este modo, casi se justifica que después la extrema derecha, desde sus estrecheces de miras, quieran devolver las violencias al ámbito “intrafamiliar”, allí de donde el feminismo las consiguió sacar.

Como feministas, no podemos pasar por alto que las violencias se ejercen en nuestros espacios comunes, en nuestra daily routine. Y nuestro deber de feministas es, no hablar de lo ya conocido y reconocido, sino de lo que está debajo de nuestras alfombras: nuestras alfombras individuales y nuestras alfombras colectivas. Ahondar en la estructura. Complejizar y darle una visión poliédrica, como muchas compañeras ya lo están haciendo (y ahora pienso en por ejemplo Pamela Palenciano y su #NoSoloDuelenLosGolpes). De otra manera, interpelamos única y exclusivamente a la emoción, pero no a las lógicas patriarcales. Y es ahí donde hay que atacar, a la línea de flotación del patriarcado. De otra manera nos quedamos, muy entre comillas, en lo anecdótico. Lo que no se nombra, no existe.

A veces me ocurre, que algunos feminismos y sus incongruencias discursivas, se me aparecen en negrita y subrayado en fosforito. Me pienso tan alejada de allí… No se puede organizar un acto donde se dice “tenemos que reivindicar la presencia de la mujer en la calle, las plazas, los sitios públicos, los escenarios…” y en el mismo espacio y tiempo y sobre ese escenario, la presencia masculina, y también el amor romántico con su crueldad intrínseca, se presenta omnipresente.

Tampoco estaremos legitimadas para decir “todos los hombres ejercen violencias”, si desde estos feminismos hablamos de “ellas, las víctimas; ellas, las maltratadas; ellas, las violentadas, las violadas, las asesinadas, ellas, ellas, ellas…” #notallwomen. Nosotras, ¡joder, nosotras! Nosotras las violentadas. Primera persona del singular. Nosotras somos el sujeto del feminismo, no ellas. Nosotras nosotras ¡NOSOTRAS*! Lo personal es lo que nos hace sujeto político.

Lo recorrido ya está hecho. Todavía nos queda mucho por hacer.

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