Locura de amor (microrrelato desapasionado)

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Cuando yo tenía unos veinte años, me lié con una mujer preciosa que si mal no recuerdo andaba por sus cincuenta. Generosas curvas, ancha sonrisa. Ella, con muchas cosas aprendidas; yo, un tío con el ímpetu de mi edad. Por entonces, yo escribía -creo que no he dejado de hacerlo nunca- y en mis ratos ociosos le obsequiaba con textos inflamados, demostrando mi locura de amor. Una de esas tardes calurosas de sol mordiendo el horizonte, bajo la cortina del zizagueante sonido del ventilador, ella me dijo: -esto no puede ser así, no puede ser que tan temprano tengas estos sentimientos- había cierta molestia decadente en su voz gruesa de cantante de jazz- y, aunque los tuvieras. Si los tienes, ocúltalos-. Desde entonces, es así como me manejo con cada una de las cientos de mujeres que me he cruzado después.

Tan solo soy alguien que soñó

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Como se pone palabras al silencio cuando no tienes palabras. Como hacerlo cuando no tengo voz, tan sólo soy alguien que soñó con ser gota de agua en este océano de voces que se alzan contra las estructuras esclavistas, expropiadoras, explotadoras.

Hace ochenta años, las sirenas y las bombas aniquilaron el silencio de un pueblo que solo quiere vivir en paz. Los pueblos solo quieren vivir en paz. Ochenta años después, en un silencio tangible, palpable, corpóreo, llegamos miles de personas a Gernika para honrar a sus muertos, los muertos del horror.

Imagina, imagina oir sirenas de alarma y aparatos de guerra aproximándose para aniquilar. Matar, sembrar miedo, destruir, amilanar, desposeer, desarraigar.

Ochenta años después, la única posible entrada triunfal es la de la paz. Llegar a Gernika para no olvidar, para tampoco olvidar que el sitio donde nacemos nos viene dado.

Acoger a quienes huyen de la guerra, a aquellas mujeres y hombres que huyen de la violencia patriarcal, aquellxs hermanxs, padrxs, hijxs que buscan para los suyos una vida mejor, lo considero nuestro deber.

El pasado sábado veintinueve de abril estuve en Gernika, porque creo firmemente en el derecho a construir una vida digna.

Una pequeña voz, mi voz, para apoyar el derecho a emigrar y salir del agujero de la pobreza. Apoyar el derecho al asilo, cuando te han expoliado, aniquilado el medio que era además hogar.

Mi voz, para apoyar el desmantelamiento de los campos de refugiados, la apertura de corredores humanitarios que agilicen el flujo de personas y la llegada, su llegada, a nuestras ciudades, pueblos, comunidades, vecindarios, hogares.

Mi casa, vuestra casa.